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Sin duda el hincha de fútbol es una raza muy rara. Hacemos locuras por nuestro club, cosas que no haríamos por nadie más. Efectuamos las promesas más insólitas por el mero objetivo de que nuestro equipo gane un partido o se consagre con algún título: cortes de pelo extraños, peregrinaciones a Luján, hacer el ridículo en la vía pública en paños menores a la hora pico, tatuajes, dietas y hasta nos privamos de muchas acciones que son parte placentera de nuestra vida. Es más, somos tan extraños que hasta creemos poseer algún don especial capaz de incidir en el destino o simplemente modificar la realidad: usamos un calzoncillo especial y lleno de agujeros, pares de medias desteñidos y sin elástico que garantizan un triunfo milagroso, vestimos alguna prenda con superpoderes, caminamos por ciertos lugares mágicos, efectuamos acciones místicas con el mero fin de obtener resultados positivos para el club de nuestros amores.

Somos geniales, somos una especie superior cargada de poderes sobrenaturales. Me infla el pecho de orgullo pertenecer a este género de la humanidad. Pero hay algo que me causa mucho estupor y desflora ese sentimiento de jactancia. Es que todo lo bueno tiene su costado oscuro. Cuando se trata de fútbol, nos retrotraemos a un nivel de incivilización absoluto. Somos capaces de desear el mal más extremo a nuestro rival. Afloramos sentimientos benévolos y xenófobos hacia nuestros pares por el mero hecho de amar unos colores diferentes al nuestro. Agredimos a los representantes de equipos rivales con insultos, escupitajos y hasta por medio de una violencia física que muchas veces pone en peligro su integridad.

No es novedad nada de lo expuesto en las casi trescientas palabras que me llevó detallar lo bueno y lo malo de ser un “futbolero de raza” tal como indican ciertos preceptos del clan al que pertenecemos. Trescientas palabras para explicar lo que muchos resumen de manera superficial y repudiable: el folclore. Sin embargo, hasta hace pocos días, creía que toda la falsa e insuficiente justificación del “folclore” se resumía en eso. Pero no, descubrí algo más. Descubrí que la insensibilidad es aún más extrema. Somos capaces de ignorar el sayo más importante de un futbolista, el mismo que lo hace ser lo que es. Esa vestidura que si no poseyéramos, no existiríamos. Estoy tratando de decir algo obvio pero que al parecer ignoramos por completo: ellos también son personas.

Tenemos la enorme virtud del amor, del sentimiento desbordado por nuestro club pero no por nuestros pares. Esto nos viene azotando desde hace mucho, es que el auge de la violencia en el fútbol no es novedad. Sin embargo me costó ver esta realidad. Recién tuve la capacidad de descubrirlo el viernes pasado, cuando Huracán cayó ante Vélez, por la Copa Argentina.

Fue el sufrimiento del pibe que sonríe con la pelota a sus pies, ese chiquilín que emana felicidad cuando tiene la redonda pegadita a su zurda, ese juvenil que formamos y que tenemos el placer de verlo con la 10 en la espalda. Estoy hablando de quien ya todos saben, Alejandro “Kaku” Romero Gamarra. Ese nene de apenas 22 años que hace pocos días perdió a su mamá. Y acá tengo que volver a detenerme para agregar algo más: para el futbolero la madre es lo más preciado. Entonces me pregunto, ¿quién puede ser tan egoísta como para no ponerse en su lugar? Como para no entender la difícil situación que debe significar esa pérdida.

Sinceramente yo no puedo. Necesito decirlo, necesito tratar de incidir en la insensibilidad que nos acecha, en la incapacidad de respetar al otro. Deseo fervientemente que seamos esos locos lindos que aman a su club sin joder a nadie. Es mi mayor deseo que seamos capaces de usar nuestros sentimientos para todo, para nuestro hermoso cuadro de fútbol, para nuestros representantes dentro del rectángulo de pasto. Es mi mayor deseo que seamos esos tipos y tipas que además de querer ganar un partido valoran al que tienen en frente, que son capaces de ser seres humanos en esos escalones de cemento sagrados que nosotros llamamos tribuna.

Por eso me pongo en tu lugar, Kaku. Por eso escribo esto que escribo. Lo escribo para vos, para los que piensan como yo, pero por sobre todo lo escribo para tratar de rescatar a los que están atrapados en la penumbra sentimental. Los llamo a reflexionar, los llamo a tratar de entender que dos días después de perder a su madre, el Kaku estaba entrenando, estaba dejando todo por los colores, como lo hizo siempre. Imaginate si te toca perder a tu vieja, debe ser horrible. Pero él estaba ahí, para nosotros, dejando de lado todo el dolor que trae la ausencia repentina de una madre. O mejor dicho: estuvo ahí cargando el peso del dolor en su espalda. Estuvo ahí a los dos días, mientras que en cualquier laburo te dan como mínimo una semana de licencia por la muerte de un familiar.

Perdoname si no coincidís conmigo, pero de todos modos poco me importa. No me interesa discutir, y hasta creo que no vale la pena porque soy incapaz de condenar a este nene que lo largaron a la cancha con apenas 18 años, y el muy atrevido se gambeteó a toda la defensa de Aldosivi e hizo un golazo casi maradoneano que grité hasta la afonía y que me quedará grabado perpetuamente en las retinas.

Pasó la barrera de los 100 partidos, pero no deja de ser un nene de 22 años. Puede ser que el haberlo visto tantas veces con la del Globo te haga olvidar su edad, pero yo no puedo ignorar eso, como no ignoro aquella tarde en Mendoza ante Atlético Tucumán. Veníamos penando en la segunda categoría y, en esa definición por el décimo ascenso, este pibito se calzó el traje de gigante y convirtió el gol que nos permitió dar vuelta el partido y retornar a primera.

El Kaku es el mismo que se formó en nuestro Club, eso lo hace bien nuestro. Tiene nuestra identidad, nuestro ADN. Y con esto no digo que sea hincha, ni tampoco me importa mucho si lo es, pero sí veo que juega como si realmente lo fuese, con ese amor que vos y yo le tenemos al Globo. Con esa entrega con la que nosotros lo haríamos y que él demostró cada vez que le tocó jugar en la Copa Argentina, el título que fue el hermoso culpable de borrar una racha de sequías prolongada por décadas.

Sabés lo que pasa, que el chaboncito hizo goles tan importantes que pensás que es un jugador recontra experimentado. ¿O te olvidás de aquél golazo a Peñarol por la Copa Libertadores? Me dirás que es poco, pero te puedo enumerar muchos más, como el agónico tanto que marcó en la Copa Sudamericana en tiempo de descuento, y que nos permitió remontar una goleada vergonzosa ante Anzoátegui. El pibe tiene unos huevos tremendos, o me vas a decir que vos también hubieses pedidor patear el penal contra Boca en el Ducó con el partido casi finalizado y que te dio un empate agónico para mantener la categoría. Muchos se escondieron, a muchos le temblaron las patitas, pero a él no. Agarró la pelota, la puso en el punto penal y la mandó a guardar.

Yo no lo puedo condenar, nunca lo haría, y más sabiendo que tuvo la posibilidad de irse a México y salvarse económicamente. Se iba a convertir en el préstamo más caro de la historia del fútbol argentino, pero no lo hizo, ¿sabés por qué? Porque priorizó al Club, lo antepuso ante su interés personal, ante la estabilidad económica de él y su familia. Lo antepuso para seguir defendiendo la camiseta que vos y yo amamos. Él puso como condición que se trate de una cifra monetaria elevada para Huracán, a pesar de que el club no la aceptó.

Apenas 22 años tiene, y un par de días después de perder a su mamá pidió patear el penal ante Vélez para dedicárselo a ella. La que lo acompañó siempre, la que lo crió, la que le dio todo el amor que una madre puede dar. Se lo quería dedicar a ella que lo estaba alentando desde arriba, como lo alentó siempre en todos los partidos. ¿Y vos tenés el tupé de reprocharle algo? No me vengas con la boludez de que son profesionales y viven de eso. Por favor no me digas eso. Simplemente pensá qué hubieses hecho vos, cómo estarías si te toca atravesar lo que él está atravesando.

Simplemente puedo decir que yo soy un huevón de 32 años y mi vieja sigue siendo todo en mi vida, ese faro que me cuida y me da contención. Esa luz que ilumina la penumbra de los malos momentos. No me avergüenza admitir que no tendría las pelotas de este nene para enfrentar a la vida de la manera que la enfrenta, y no solamente siguiendo con su carrera profesional, sino también haciéndose cargo de su hermanito menor. En serio, es muy difícil incinerarlo por un penal de mierda que le atajaron (no lo erró) y que no nos cambió la vida en ningún aspecto. Sí dolió quedarse afuera ante ese rival, pero la herida de Vélez no es culpa de él. Viene de antes, viene de cuando Kaku ni siquiera era profesional. Es un dolor producto de los arreglos en un escritorio que arruinaron un proceso maravilloso que desencadenó Ángel Cappa.

Pensá, no solamente tuvo el coraje de patear desde los doce pasos, sino que tuvo el arrojo de perseguir su sueño, de ser un futbolista profesional. Tuvo esa constancia que muchos no tenemos en nuestra vida. Tiene ese don de habilidad que muchos añoramos tener. Es un hecho que en algún momento se vaya de Huracán, a pesar del cariño que le tiene al Globo. Así que disfrutalo, no seas gil. No lo jodas, dejalo en paz. Si seguimos con este maltrato no va a querer volver, de la misma manera que muchos de los nuestros no volvieron más. En serio, es momento de apoyarlo, él quiere más al Club que muchos que se dicen hinchas pero que no mueven ni un pelo por Huracán.

Al kaku le queda trunco el sueño de darle una vida más cómoda a su vieja, de llevarla a vivir a un lugar mejor, de poder comprarle la casa que le prometió cuando se concrete su pase al Cruz Azul. Le va a quedar pendiente que ella lo vea triunfar como el gran jugador que es. Mientras tanto, algunos se atreven a condenarlo perpetuamente a la hoguera del infierno, simplemente por ser un pibe que cumplió el sueño de todo futbolero: ser un jugador profesional. Parece mentira, pero la vara que usamos para medir a los futbolistas no es la misma que con la que evaluamos otros aspectos mundanos más trascendentales de la vida.  Somos tan pobres que gritamos más un gol que una injusticia, somos tan menesterosos que preponderamos una victoria a una persona. Es momento de sacudir la escala de prioridades y darle una nueva jerarquización a las cosas.

Es por eso que acá estamos los que te bancamos, Kaku. Acá estoy, por medio de estas líneas, para abrazarte y darte esa palmadita en la espalda que a veces reconforta el alma. Acá estoy, siendo incapaz de juzgarte Acá estoy para decirte que la hostilidad y los reproches, son solamente casos asilados e injustificados. Los verdaderos hinchas futboleros queremos volver a ver esa sonrisa que tenés cuando acaricias la pelota entre tus pies. Esa sonrisa que nos da la seguridad de que todo va a estar bien, y que vos también lo vas a estar.

 

Quemero, Lic. en Comunicación, Periodista y Locutor. Futbolero y fierrero. El asado se hace despacio, el fútbol se juega por abajo y la coca es para el fernét.

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